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Todos detestamos a alguien en el trabajo

El odio no es una emoción digna de ser admirada. Por lo general, el que pierde es el que odia y no el odiado. Pero imaginar que algo así no existe en el trabajo es como decir que nadie tiene aventuras en la oficina.

La semana pasada cené con varias amigas. Hablamos por encima sobre el trabajo, los hombres y la familia, antes de llegar a nuestro nuevo tema preferido: la colega del trabajo que mi amiga odia. Esta mujer –llamémosla Louise– se ha vuelto tan irritante para mi amiga y nos la ha descrito de forma tan meticulosa, que siento asco por dentro cada vez que oigo su nombre. Para mi amiga, se ha convertido en el equivalente en la oficina a un ex novio. Alguien al que detestas tanto que su simple respiración te eriza el vello y hace que fantasees con hacer trizas su cabeza contra la pared.

La diferencia, desde luego, es que mi amiga nunca ha estado enamorada de Louise. De hecho, siempre ha odiado todo lo referente a ella. Desde sus largas y pijas faldas y sus gigantescas tazas de té a lo sumamente cerca que se sienta de ti cuando quiere hablar contigo.

El odio no es una emoción digna de ser admirada. Por lo general, el que pierde es el que odia y no el odiado. Pero imaginar que algo así no existe en el trabajo es como decir que nadie tiene aventuras en la oficina. Si se te permite sentir pasión por tu trabajo, ¿por qué no vas a poder sentir una intensa aversión hacia tus colegas?

Existen toda clase de feos motivos para odiar a la gente en el trabajo. Una amiga en publicidad odia a una colega que realiza un trabajo similar. Sin rodeos, está celosa porque su rival es extremadamente ordenada y eficiente.

El problema en el caso de la amiga que odia a Louise es que nadie más en su empresa de contabilidad comparte su antipatía. Probablemente, las palabras que mejor definan la actitud de sus colegas hacia Louise sean “ligera indiferencia”. Y esto sólo consigue aumentar el odio que mi amiga siente hacia Louise.

Sé lo que se siente. En un empleo anterior en una universidad, desarrollé una intensa antipatía por una compañera. Un viernes por la noche, mientras tomábamos unas cañas, la conversación se encaminó hacia listas de colegas horribles y simpáticos. “¿Sabéis quién es maja?”, aventuró uno de ellos, “Gwyneth”.

“¿Bromeas?”, repuse. “Gwyneth es horrorosa”.

Pero todos asentían y sonreían. “Sí, Gwyneth. Qué persona tan encantadora. Tan simpática. ¿Verdad?”.

Nadie me había oído.

Parecía que todos quería a Gwyneth; todos excepto yo. La odiaba. Gwyneth no es su nombre real. He considerado que debía ocultar su nombre por si algún antiguo compañero de trabajo lee este artículo. De hecho, esta persona es, en realidad, un hombre.

¿Por qué eran incapaces de ver lo horrible que era Gwyneth? Éste es el problema de las cañas con los compañeros de trabajo. Pueden hacer que pienses aún más en el trabajo de lo que ya lo haces.

Decidí decirle lo que pensaba de ella el lunes por la mañana. Inmediatamente después de entrar en la oficina, tropecé con Gwyneth. ¿Que qué hice? Nada.

Todo muy británico. Pero también fue culpa parcialmente del clima laboral. Parte del motivo de que no me gustara trabajar en ese departamento se debía a que todos eran demasiado educados y se comportaban de forma consensuada. Que dista bastante de decir que me gustan los conflictos y las groserías. Fue también esta atmósfera excesivamente civilizada la que impidió que expresara mi opinión. Me gusta pensar que ahora que soy mayor y más sabia, las cosas son distintas, pero no estoy tan segura.

Sospecho que al resto no les gustaba Gwyneth, pero optaron por seguir la disciplina. Tal vez me escuchasen, pero luchaban contra algo que iba en contra de la opinión general.

Binna Kandola, una psicóloga empresarial, considera que debería haberme enfrentado a Gwyneth –cierta confrontación entre colegas ayuda a que la gente exprese su opinión–. Sin embargo, si eso falla, señala Nicholas Rose, un terapeuta de Londres, siempre puedes intentar evitar a la persona que odias. O, como en el caso de mi amiga, describirlos con tal detalle en una cena que todo el mundo llegue a odiarles.

Vía: Emma Jacobs, periodista de Financial Times

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1 comentario

  1. g10ri says:

    La figura del compañero odiado nunca falla… sobre todo cuando llevas mucho tiempo en la empresa. En mi caso fue debido al ventajismo del que disfrutaba mi compañera… ella hacía y deshacía con el beneplácito del jefe, aun cuando las decisiones que tomara no fueran buenas para la empresa… Menos mal que también podía contar con los amigos a la hora de desahogarme :D

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